Fuerza mayor
"Esta música es alegre, pero no
con una alegría francesa o alemana.
Su alegría es africana. El destino
ciego pesa sobre ella, su felicidad
es breve, repentina, sin piedad"
En la música de Akafree están las
buenas formas del free jazz, mejor dicho, de un jazz que se va haciendo
free de un día para otro, y están los ecos de Monk, o de
Monk a través de Lacy, o de Monk a través de Lacy a
través de las múltiples experiencias sonoras de Chefa,
y de su descomunal gracia como compositora (aquí "gracia" se
refiere a un poder de comunicar júbilo por el que alguien puede
ser "tocado" en tanto que instrumento de ese poder, y no a una
habilidad para "hacerle gracia" al público, cosa ésta
última que abunda tanto como aburre). Y en esas formas
está la inusual concentración de aciertos expresivos de Javier,
Juan, Marcos y Rodrigo, catalizados por los motorcillos de
explosión creativa que son los nada obvios temas de Chefa. Unos
temas que -citando las observaciones que hace M.C.Jalard respecto de
Duke, Monk y Cecil taylor, pero que podrían entenderse como un
programa o una poética del free jazz- no responden a una
concepción hipotética, la de funcionar como
secuencias o matrices armónicas para un número infinito
de variaciones, sino categórica: la de profundizar y
revelar el tema mismo, tomado a la vez como horizonte y material de la
improvisación.
En Akafree desembocan muchas músicas
(del rock al funk pasando por la free music, sin olvidar las orquestas
antillana y gallega), pero sobre todo cinco caudalosas musicalidades.
Están por la labor, viven y hacen vivir tocando, se escuchan
entre sí, proponen y ordenan, son delicados y enérgicos,
y hasta sutilmente humorísticos, no se conforman con
clichés... todo eso que podemos escuchar sin necesidad de
"entender de jazz", y que posiblemente concierne a un nivel de la
experiencia estética que trasciende las barreras entre las
prácticas artísticas, que podría decirse con
ligeras variaciones respecto de otras modalidades de música e
incluso respecto de otras de otras formas sensoriales del arte.
Inclinados a la improvisación, Akafree
se comportan como aborígenes del acontecimiento sonoro en que
están inmersos y no como funcionarios de una gramática
normalizada. Y esto sí me conmueve personalmente, porque
después de muchos años de afición he dejado de
asistir casi por completo a conciertos de jazz, harto de virtuosismo
deportivo (los que tocan como "maquinonas"), de "locuacidad"
hipotética, de insistencia devocional en los cánones. No
voy a reiterar el error de declarar por mi cuenta "la muerte del jazz",
pero tampoco puedo dejar de decir lo que pienso: que casi todo lo que
se produce y escucha hoy bajo ese rótulo (incluidos, por
supuesto, el "jazz latino" y el "acid jazz") se da bajo la forma de las
jergas codificadas y bajo los formatos de la commodity. Por
algo, según me cuentan, los dioscuros Marsalis, dioses oscuros
del canon jazzístico en el mercado global, no hablan ya de
"público" del jazz, sino de "clientes".
Así que Akafree me reconcilia al menos
por un rato con el jazz, que debería ser free en general,
más allá de lo free como género. Akafree me
regocija el rato kafre.
Nietzsche, el filósofo músico, el
filósofo europeo de la música, el que reclamaba de la
música una afirmación incondicional y exultante de la
vida, en general extraña a Europa, y por ende la
expresión de la alegría en tanto que "fuerza mayor" -como
ha propuesto recientemente C. Rosset-, fue quien escribió,
refiriéndose a un contemporáneo, la sentencia que
encabeza estas líneas. Akafree también se la merece.
Gonzalo Abril, 2003
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